lunes, 24 de marzo de 2014

jueves, 20 de marzo de 2014

Mi bisabuelo, el voluntario en la Guerra de Cuba

Manuel Agromartín en la Guerra de Cuba, 1898.


A principios de 1898, Manuel Agromartín era uno de los tantos españoles que se ganaba -como podía y lo dejaban- el pan diario de cada día trabajando de sol a sol, deslomándose, a destajo y sin descanso en su España natal. No tenía instrucción el hombre, no tenía estudios cursados, ni títulos, ni nada. Sólo tenía un profundo orgullo por su amada España -esa misma que casi no le había dado nada- y agallas.
Por aquel entonces, para aquellos como él, las oportunidades de ser alguien en la vida venían de la mano de jugadas lanzadas, movidas arriesgadas y -muchas veces- heróicas. Defender los intereses de la Corona Española, estaban dentro de las posibilidades.
Manuel era un tipo simple, sin vueltas y con marcadas convicciones. Si había algo que lo identificaba era -a los hechos me remito- su enorme determinación, su entereza, su arrojo físico y su marcada e inocultable postura antinorteamericana.
En enero de 1898, España se negaba a "venderle" Cuba y Puerto Rico a los Estados Unidos. La potencia americana se había venido arrimando a la zona del Caribe bajo dominio español desde hacía mucho tiempo y sus intenciones de arrebatarle esas colonias de ultramar a la Corona estaban más que claras.
La negativa de España a ceder "por las buenas" motivó -para variar- el envío a Cuba del buque de guerra norteamericano "USS Maine" y de esa intimidante situación al conflicto armado con España, hubo un solo paso.

Imagen publicada en el periódico catalán "Campana de Gràcia". 1898.

El "USS Maine" entrando a La Habana, Cuba. Enero de 1898.


Manuel recibió la noticia de un posible enfrentamiento armado con su corazón acelerado. Entre las ganas y el miedo, lo supo: por fin iba a ser alguien. Y lo fue -aunque no necesitaba cargar un fusil para lograrlo-. Los datos de su partida hacia Cuba están algo borrosos. Posiblemente haya llegado hasta las playas de La Habana en el buque español "Cristóbal Colón", pero lo concreto es que dejó todo atrás, las pocas cosas que tenía, sus afectos, amigos y decidió poner rumbo hacia un lejano destino, cargando un pesado fusil, dispuesto a defender a su patria y a jugarse -como siempre- la vida. Eso mismo es lo que hizo.
Las acciones no se hicieron esperar y el hundimiento del "USS Maine" terminó desatando un conflicto en el que España llevó las de perder. No viene al caso relatar la Guerra de Cuba aquí y ahora, no es esa mi intención. El "Desastre del '98", tal como se lo conoce en España significó la pérdida para la Corona Española de sus colonias en América y Asia. Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam, pasaron a manos de los norteamericanos y Manuel Agromartín regresó finalmente a su querida Patria con las manos y el cargador de su fusil vacíos, pero con el corazón lleno de orgullo y satisfacción.

El "USS Maine" hundido en Cuba por la marina española.

El buque de guerra español "Cristóbal Colón". Cuba, 1898.


Sus pasos lo condujeron un tiempo después, como a tantos de sus compatriotas, a la Argentina de principios del siglo XX. Allí, con las mismas agallas y la misma pasión que había mostrado en Cuba, esquivando balas y exponiendo el pellejo a cada paso que daba, supo abrirse camino. Lo había logrado, finalmente era alguien y esta vez sin un fusil al hombro.
Nunca supo lo que era doblegarse. Ni en España, ni en Cuba, tampoco en la Argentina que lo había recibido. Sus convicciones se mantuvieron intactas hasta el mismísimo instante del último suspiro en Buenos Aires. Siempre que pudo encontró la manera de manifestarse contra "esos yanquis", de putearlos en siete idiomas.
Nunca dejó de protestar. Esas eran, en definitiva, las nuevas -y únicas- balas que aún podía disparar.

Ese ha sido mi bisabuelo. Ese ha sido Manuel Agromartín...


Marcelo García
Historias Lado B


jueves, 13 de marzo de 2014

Los fantasmas del sepelio del Capitán Hans Langsdorff en el Cementerio Alemán de Buenos Aires

El 21 de diciembre de 1939 en una multitudinaria ceremonia funeraria, se daba sepultura -en el Cementerio Alemán de Buenos Aires, Argentina- al Capitán Hans Langsdorff, comandante del Panzerschiff Admiral Graf Spee, legendario buque de guerra de la Alemania del III Reich autohundido en las aguas del Río de la Plata tras una épica batalla contra tres buques de la Real Marina Británica prácticamente en los inicios de la Segunda Guerra Mundial.
Muchos años han pasado desde aquel histórico acontecimiento y, sin embargo, las imborrables huellas de los protagonistas siguen marcadas, inalterables y a la vista de todos, en el mismo lugar, tanto tiempo después.
En el "Deutscher Friedhof" de Buenos Aires, aún puede visitarse el monumento que rinde homenaje a los caídos alemanes de las dos grandes guerras mundiales, las tumbas de Langsdorff y las de otros tripulantes y oficiales del Graf Spee.
Pero también, dicen, andan por allí los fantasmas de aquellos personajes que han escrito esa parte de la historia y que se resisten a alejarse del lugar.

"Historias Lado B" presenta, en este artículo, las imágenes de la serie "Los fantasmas de Historias Lado B", una colección en la que conviven armoniosamente el pasado y el presente de esos mismos lugares. Los fantasmas y nosotros, te invitamos a ver de qué se trata...




A continuación, la comparación directa entre las fotos de 1939 y las tomadas recientemente en el Cementerio Alemán de Buenos Aires, Marzo de 2014:



Imágenes / Retoque fotográfico: Marcelo García / Historias Lado B

sábado, 8 de marzo de 2014

El viejo hotel abandonado y una curiosa leyenda sobre Perón

Llegando a las ruinas del "Hotel Termas El Sosneado".


Hace algunos años mientras visitaba la bella provincia de Mendoza, en la zona de Cuyo en Argentina, creí que valdría la pena recorrer el impresionante valle de El Sosneado. Nunca antes había estado allí y tras contactar con vaqueanos que conocían el mejor modo de transitar los complicados caminos de ripio y pedreguyo, luego de unas horas de largo e interesante viaje nos fuimos adentrando en un paisaje que parecía ser de otro planeta.
Los golpes de las enormes piedras a la vera del camino se hacían sentir en el piso de la vieja 4x4 Land Rover alquilada para llegar hasta allí, confirmando que hasta ese lugar no podía acceder cualquiera, de cualquier modo, circulando por serpenteantes caminos no exentos de algún peligro. Las horas de viaje se acortaron dramáticamente ante la belleza del entorno y casi hacia el final de la jornada comenzamos a divisar la derruída silueta de una extraña construcción en la lejanía.
Cuando nuestra 4x4 se fue acercando pudimos ver los fantasmales restos de un viejo hotel que casi invadía la ruta. Una hermosa construcción de piedra lugareña, de tres plantas, escaleras que antaño lucirían majestuosas, termas naturales y los techos derrumbados eran los mudos testigos de otros tiempos, de días dorados en un paraje al que no muchos se atreverían a llegar.

"El Hotel de los alemanes y Perón", según la leyenda local, en el valle de El Sosneado.


Levantado a orillas del río Atuel, en el Departamento mendocino de San Rafael, el "Hotel Termas El Sosneado" había sido construído durante el año 1938 por la Compañía de Hoteles Sud Sudamericanos Ltda. - una subsidiaria de la empresa ferroviaria B.A.P.- e inaugurado en diciembre de aquel mismo año, contando con la presencia -inusual en tan remotos parajes- de muchas personalidades internacionales de entonces.
La extraña y particular  vida del hotel de El Sosneado culminó súbitamente en 1953, cuando por razones desconocidas, sus puertas cerraron definitivamente y muchos de los secretos de tantas historias interesantes durmieron para siempre en la soledad de alguna de sus habitaciones. Pero como tantas veces sucede, alguno de esos secretos indescifrables, encriptados en la soledad del lugar, salieron a la luz y durante aquella jornada de asombroso recorrido por un valle excepcional, pude finalmente enterarme de qué se trataba, por casualidad.

Parte de la fachada del Hotel.

 El viejo Hotel en la inmensidad del Valle de El Sosneado, circa 1938.


Frente a la destruída construcción, el chofer soltó su mano derecha del volante y como quien no quiere la cosa, señalando al hotel lanzó un comentario que no caería en saco roto:
"Acá es donde los alemanes le pagaban a Perón" - dijo como sin querer decirlo, al pasar, casi como se estuviera simplemente recordando las actividades habituales de viejos buenos vecinos del lugar.

Pocos metros más recorrimos de aquel pedregoso camino y cuando la 4x4 Land Rover se detuvo a un costado, una vez que el gentil conductor lograba "estirar" las entumecidas piernas, me acerqué para saber más...
"Hombre, ¿cómo es eso de que aquí le pagaban los alemanes a Perón?" - le dije.
"Y sí... cuando Perón volvió de Europa, mientras estaba destinado al regimiento de montaña en Mendoza, lo traían acá y le daban lo suyo" - sentenció sin anestecia el vaqueano, sin dudar.
"Eso es lo que siempre se supo por aquí" - remató con total seguridad.

Atravesando el valle hacia "el Hotel de los alemanes y Perón".

Las termas naturales del Hotel en El Sosneado.


La historia de Juan Domingo Perón, su más que notoria simpatía filo nazi y la afirmación de su ideario tras su regreso de Europa en 1940, es bien conocida. Tampoco es un secreto que una vez instalado en Mendoza, supo rodearse de instructores "alemanes" -traídos y recomendados por él mismo- y que la inteligencia clandestina nazi, bien organizada en la Argentina de entonces, lo había contactado con el legendario nazi Ludwig Freude, el representante de Hitler en Sudamérica, según las autoridades norteamericanas. Todo aquello era historia, más o menos conocida, pero historia al fin.
Pero una cosa me llamó poderosamente la atención aquella tarde en El Sosneado, mientras yo apoyaba la bota en costado del neumático de la 4x4 y oteaba a la lejanía la belleza incomparable e imponente del lugar.
Para aquel lugareño, descendiente de viejos vecinos de la zona, inocente y ajeno de todas las conspiraciones y maquinaciones de la historia, aquel "secreto a voces" de los alemanes que le pagaban a Perón en el hotel, no era novedad, ni llamaba la atención para un indiferente habitante del lugar. No había por qué no decirlo, según su manera de ver.
Para mí, en cambio, aquel liviano comentario dicho al pasar, significaba toda una confirmación, un relateo desinteresado que se había transmitido por la zona de boca en boca durante más de 70 años, una espeluznante historia lado B, con inusitadas e insospechadas consecuencias que llegan, incluso, hasta nuestros días...

Marcelo García
Historias Lado B

Fotografías (excepto la de 1938): Marcelo García / Historias Lado B