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sábado, 25 de julio de 2015

La máscara antigas de "Mickey Mouse" que Walt Disney pensó para un Mundo Maravilloso

 Walt Disney presenta el proyecto de máscara antigas de Mickey ante oficiales del Ejército de los Estados Unidos en 1941.


Durante los oscuros y sanguinarios días de la segunda guerra mundial, de un lado y del otro se tomaron las debidas medidas y precauciones del caso, dando como posible un eventual ataque químico entre los bandos en pugna. En los Estados Unidos -mientras tanto- ya había quienes buscaban no sólamente estar prevenidos, sino también "gracias a la guerra" poder captar un público impensado y sin igual. Así, Walt Disney -el genial creador de tantísimas maravillas animadas- y el fabricante norteamericano Sun Rubber Company crearon -juntos- una curiosa máscara antigás con la cara del ratón Mickey para intentar hacer menos aterradora para los niños la situación de tener que usarla.

Durante el año 1942 (a poco de haber ingresado formalmente los Estados Unidos a la guerra) se llegaron a producir mil de estas máscaras y, finalmente en 1944, la marina norteamericana dio el visto bueno. De hecho, tanto había gustado la idea de  hacer también de la guerra un "Mundo Maravilloso" de Disney- que se planteó la creación de más modelos con la cara de otros personajes de Disney. La máscara era una versión pensada para niños de entre 18 meses y cuatro años. El fin de la guerra, sin embargo, interrumpió el curioso proyecto y apenasunas pocas de estas extrañas piezas sobrevive en la actualidad. Una de ellas puede verse en el museo de armas químicas del ejército en Fuerte McClellan, Alabama. Otra pertenece al museo de la 45 División de infantería y se dice que una tercera es el prototipo de Disney que la compañía custodia en Burbank.

Máscaras con cara felíz y orejitas para los niños norteamericanos.

Uno de los prototipos de máscara conservado en un museo de los Estados Unidos.


Imágenes:  AP, Allison Meier/Atlas Obscura

martes, 7 de abril de 2015

Sobreviviente del Graf Spee festejó sus 95 años en Castelar

La Batalla del Río de la Plata trajo la Segunda Guerra Mundial a las costas de Argentina en 1939. Un marino del buque insignia de la armada alemana contó a Castelar Digital la aventura de su vida. “Era un buque sorpresivo”, relató y recordó su vida en alta mar y qué hacía durante el combate. “No volví a Alemania por amor”, dijo. 
Publicado el 1º de abril de 2015 en: http://www.castelar-digital.com.ar/nota.asp?id=443

Heinz Berger a sus 95 años.


Desde una mesa frente a la estación, y acompañado por su nieto, mira pasar las formaciones del Ferrocarril Sarmiento. Con sus 95 años recién cumplidos, sus ojos claros miran el movimiento de las máquinas desde una mesa de la pizzería Noi, pero su mirada se va en sus recuerdos. Nada se parece Castelar y su paisaje al frío Mar Báltico que moja la ciudad de Kiel, en Alemania, donde se hizo marino hace ya más de siete décadas. Tampoco se asemeja a su pueblo natal, Hof, ni al puerto de Wilhelmshaven, en el Mar del Norte, donde se topó por primera vez, cara a cara, con aquel gigantesco buque que cambiaría para siempre su vida, su historia y la historia de medio mundo.

Heinz Berger cuenta en un castellano aprendido cómo fue su vida a bordo del “Panzerschiff” Admiral Graf Spee. Reconoce que es uno de los últimos sobrevivientes de aquel buque que fue la nave insignia de la marina alemana durante la década del 30 y que, con el país europeo bajo dominio nazi y envuelto en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en un dolor de cabeza para la armada británica.
El 'acorazado de bolsillo' Admiral Graf Spee es uno de los buques más famosos de la historia moderna. Se trató de un acorazado liviano fabricado bajo las estrictas normas que tras la Primera Guerra Mundial no le permitían a Alemania tener buques pesados. Por lo que se trató de un barco rápido pero con artillería pesada, para ser más poderoso que cualquier barco más lento que él y más rápido que cualquiera que lo superase en el calibre de sus armas. La Segunda Guerra Mundial comenzó en septiembre de 1939 y desde Argentina se la veía lejana, ajena y europea. Pero en diciembre del mismo año la guerra se presentó frente a las cosas de Buenos Aires. La llamada Batalla del Río de la Plata enfrentó al Graf Spee con tres cruceros británicos en medio del río que separa a Argentina y Uruguay y frente a la mirada de miles de testigos que frenaron su vida para presenciar el espectáculo del horror de la guerra.
“El barco era inmenso, sorpresivo, sorprendente. Este era el más potente en aquel momento. Había dos más, el gemelo y el primero de todos. Eran los más poderosos de la flota. El Deutschland, el Admiral Scheer, y el Graf Spee, todos de diez mil toneladas, anteriormente eran todos de seis mil toneladas, este era de diez mil, era una novedad asombrosa para Alemania cuando surgieron estos”, explicó Heinz Berger a Castelar Digital.



Heinz Berger, de niño, junto a su familia en Alemania.


Heinz era mecánico. Estaba terminando la escuela secundaria y trabajando en una fábrica en Zwickau cuando decidió ingresar en la marina. Su decisión fue clara, no quería ser soldado de infantería y estaba pronto a llegar a la edad en la que debía cumplir con el servicio militar obligatorio y no tendría la oportunidad de elegir en qué fuerza desempeñarse. Nunca imaginó que su elección lo alejaría de su familia por tantos años y lo llevaría a radicarse a miles de kilómetros de distancia, en otro continente, con otro idioma y con una historia increíble que años más tarde le contaría a sus nietos. “Yo era mecánico. Tenía estudios en eso, y antes de ir al ejército, prefería terminar de mecánico en el servicio técnico del Mar Báltico. Fueron primero ocho días bajo control médico, después podías partir a la compañía y empezaba el reclutamiento. Con todo, con arma y todo, era bastante duro. Era un cuartel grande, varias divisiones, cerca de Suiza. Fueron seis meses de instrucción en tierra. Al final había que hacer una demostración de todo a los que estaban a cargo de nosotros antes de partir, cada uno tenía su destino. A mi me sorprendió, porque había elegido ir a la parte sur, a Kiel, pero y me destinaron al Graf Spee que tenía puerto en Wilhelmshaven, en Mar del Norte. No había más que decir, ese era mi destino”, explicó Berger.
Ingresó directo al escalafón técnico con la misión de atender y mantener las bombas centrífugas que filtraban y alimentaban de agua pura a los motores diésel del barco. Bajo cubierta, su tarea era fundamental para el buen funcionamiento de las máquinas. En alta mar, en turnos rotativos de cuatro horas, las máquinas debían ser atendidas las 24 horas. En las situaciones de combate, y si no estaba en uno de sus turnos con las máquinas centrífugas, no había descanso y se desempeñaba en el abastecimiento de los cañones principales del buque, con un calibre de 280 milímetros. “El primer encuentro con mi puesto fue muy bueno, me gustó mucho.  Muy lindo, una linda sección. Muy tranquilo, porque más arriba, tocaba trabajar con los motores diésel, un ruido espantoso. Atender la bomba, era un lindo servicio. Limpiaban el agua para los motores, era mi especialidad”.

El Graf Spee deja atrás el puerto de Montevideo.



El Graf Spee era el buque insignia de la armada alemana por lo que también fue un embajador marítimo en los años previos de la guerra. Participó en la coronación del Rey Jorge VI del Reino Unido en mayo de 1937 y repatrió las tropas alemanas de la Legión Cóndor tras la Guerra Civil Española. “En el barco fuimos haciendo pequeñas maniobras en el Mar del Norte. Y nos llamaron al primer viaje largo, era llevar el barco nuestro a buscar la legión cóndor. Había que traerlos hasta Hamburgo. Fue mi primera campaña. No desembarcamos en España. Era un viaje tranquilo no podía ser atacado, no había peligros”.
“El viaje más interesante fue una campaña a Ceuta. Lo que más he disfrutado fue hacer Mar del Norte, Lisboa, sur de España, estrecho de Gibraltar. Fue impresionante el estrecho, se ve España de un lado, África del otro. La gente venía a visitar el barco. En Ceuta hicimos excursiones a pie, recuerdo mucha gente con turbante”, rememoró el marino.
Al regreso del viaje a África Heinz tuvo la oportunidad de ver a sus padres. Fueron pocos días en los que le permitieron regresar a su casa. Sin poder avisar llegó de noche. Recuerda como si fuera hoy que de madrugada arrojó bolas de nieve a las ventanas de la casa para despertar a sus padres y así poder saludarlos. Fue la última vez que regresó a su casa, su próximo hogar lo tendría en América.

Zafarrancho de combate.
Tras los viajes de campaña, la paz se terminó en Europa y -con Alemania bajo dominio Nazi- comenzaron las batallas. “Estábamos en el Mar del Norte haciendo maniobras y nos llamaron a puerto, a dique seco. Pasamos la noche picando el casco y pintando, sacando óxido. Y al otro día cargando municiones. Partimos sin destino y sin poder tomar contacto con los familiares. Mis padres tenían comunicación con el comando de la marina, pero no personalmente, se había terminado el vínculo directo con la familia. El 21 de agosto del 39, nos sacaron a las 7 de la noche, despacito, el Graf Spee salió de puerto, poca gente en tierra nos dijo chau. Sólo la banda musical. Con una canción de despedida. Nosotros lentamente nos fuimos despidiendo… partir sin destino era un aviso. Pero nuestro pensamiento era otro, si el barco deja tres meses el puerto natal, recibíamos dinero extra. Si estabas tres meses fuera de la patria. Nosotros teníamos la esperanza de cobrar… los tres meses se hicieron mucho mas…”, remarcó Heinz, y continuó, “salimos el 21 de agosto y el 3 de septiembre, Inglaterra declaró la guerra a Alemania. El capitán ordenó que toda la tripulación vaya a popa, vino el comandante y nos dijo; ‘estamos en guerra con Inglaterra, y nuestra misión es atacar toda la marina mercante inglesa’. ¡Mire qué noticia! Cuando uno es joven lo toma a la ligera… no lo festejamos, algo nos imaginábamos por el cargamento y la partida turbia, pero lo tomamos a la ligera. Tener una misión generó la imagen de fuerza. No era contra barcos de guerra, que son muy peligrosos, sino contra los mercantes”. El buque no viajaba solo. Con él, pero a mucha distancia, sin verse uno del otro, navegaba el carguero Altmark con la misión de abastecer de agua, aceite, combustible y víveres al Spee. No llevaba munición y sólo se acercaba en momentos pre pactados. Bajo el mando de capitán Hans Langsdorff, el Graf Spee recorrió el Océano Atlántico de Norte a Sur, se internó en el Índico y regresó al Atlántico. En su recorrido interceptó, tomó, atacó o torpedeó a una docena de buques mercantes sin matar a ningún marino enemigo. El procedimiento era común en todos los casos, se le advertía al buque interceptado, por radio, con señales de luces o con banderas, cuáles eran los fines del buque, o se le disparaba por delante de su trayectoria para que se detuviera. Si el buque no transmitía por radio el ataque o su posición, el Graf Spee se acercaba y salvaba a la tripulación. Para acercarse, el Spee se valió de distintos camuflajes: desde pinturas especiales en el casco que mostraban espuma en su proa, para dar la falsa imagen de velocidad, como también la construcción en madera y tela de más chimeneas, otros cañones o hasta la utilización de banderas de otras naciones. Era un verdadero corsario. Al generar la confusión lograba acercarse hasta la distancia letal de sus cañones. Los buques atacados no tenían alternativa y se entregaban. “Estuve siempre bajo cubierta, no subía arriba para nada. Te enterabas  lo que pasaba arriba, pero no lo tomábamos muy en serio. No teníamos mucha conciencia, éramos jóvenes, no tomábamos con angustia esto”, explico Heinz de aquellos momentos de combate. Tras la captura las tripulaciones eran transferidas al Altmark y se tomaban también las provisiones de los buques antes de hundirlos.

 Tras varios meses de derrotero el Spee mostraba en sus motores las consecuencias del uso continuo. “La misión era más de tres meses, el barco necesitaba urgentemente la reparación general, los motores ya estaban gastados, habían trabajado demasiado. El comandante pensaba pasar Navidad en Alemania. Pero esto era muy peligroso y muy difícil. Los ingleses sabían que había un buque alemán, no sabían quién era, pero lo sabían porque habían desaparecido 12 buques mercantes”.
Con la proa al norte, buscando dejar el atlántico sur con la intención de acercarse a Alemania, el buque atravesó las rutas mercantes que unían el puerto de Buenos Aires con Gran Bretaña, una de las rutas que más abasteció a Inglaterra por fuera de sus colonias o países de la Commonwealth. En la distancia divisó tres columnas de humo, que representaban tres buques. “Nosotros pensamos que era un convoy (varios buques de carga navegando juntos), les hicimos señas pero ellos no contestaban, hubo que tirar uno de 28 (cañón principal) para frenarlos. Para ellos fue una sorpresa. Porque estaba todo oscuro”. Los tres buques pertenecían a la armada británica y tenían la misión de encontrar al buque alemán y destruirlo. Se trataba de los cruceros ligeros HMS Ajax y HMS Achilles y el crucero pesado HMS Exeter.




 El Graf Spee en llamas.


“El Graf Spee tiró primero, y respondió el Ajax pero con una bomba de ejercicio, sin explosivo. Fue tanta la sorpresa para ellos, no le dimos tiempo de cambiar la munición. Ahí nos dimos cuenta de que eran buques de guerra y empezó la contestación. En el siguiente disparo la torre principal de Exeter fue completamente destruida. Nosotros bajo cubierta no vimos nada, escuchamos los truenos, los cañonazos. Pero lo tomamos a la ligera, queríamos que terminara rápido. Era una cosa, no de angustia, no pensábamos en que íbamos a morir. Nada así. La angustia fue después cuando vimos compañeros nuestros que estaban heridos; Tuve un compañero que perdió el brazo, porque con el retroceso del barco con un cañonazo se cerró una puerta y le apretó el brazo, perdió el brazo. Cuando el Spee disparaba tenía un retroceso de un metro el barco completo. Eran esas emociones, no lo que pasaba arriba”. La Batalla del Río de la Plata comenzó al amanecer y se desarrolló por casi dos horas. Los buques británicos buscaron horquillar al alemán que se defendió con todos su cañones. En la batalla el Spee recibió alrededor de 70 impactos y habían muerto una treintena de tripulantes. Desde el bando inglés el escenario era peor. El Exeter y el Achilles habían sido silenciados y no volvieron a combatir. Con muertos y severos daños necesitaron tras la batalla más de un año de reparaciones en las Islas Malvinas para volver a navegar.

Los nazis, la trampa de Montevideo y Enrique.
Aún con sus cañones apuntando a los buques ingleses, el Spee se internó en el Río de la Plata dejando tras de si una nube de humo para enmascararse. Previendo un ataque con torpedos y ante la imposibilidad de dirigirse a Buenos Aires por la poca profundidad de los canales del puerto, el Capitán Langsdorff se decidió por la capital uruguaya. “Montevideo era una trampa. Pero ellos nos encerraron, nos tiraron torpedos, nosotros los esquivamos. El comandante estaba herido, estaba ligeramente herido en el brazo por la esquirla de una bomba. Montevideo fue una trampa, no nos daban el tiempo suficiente para reparar el buque, solo 72 horas. Pero más días para reparar era también más tiempo para que la flota británica se rearmara. Había más acorazados que podían llegar al Rio de la Plata. El capitán tuvo que decidir, él era responsable  de todo. Alemania le respondió mal y lo tomó como un cobarde. Una injusticia”, recordó Heinz.

En Uruguay, el buque pidió herramientas y materiales para realizar las reparaciones de emergencia, pero las autoridades uruguayas se ampararon en su neutralidad y no le brindaron ayuda. Tras el gobierno uruguayo se encontraba el inglés que presionaba para que el Spee sea empujado nuevamente al mar y al combate. Desde Alemania se le ordenó a Langsdorff combatir hasta las últimas consecuencias. Orden que el capitán no obedeció. “Había fanáticos en el barco. Cuando llegaron los nazis a Alemania al principio todos eramos optimistas y estábamos emocionados, pero al poco tiempo nos dimos cuenta de que Alemania iba a terminar mal. Los nazis lo trataron de cobarde al Capitán que fue un padre para nosotros. En Montevideo enterramos a nuestros muertos y mientras los marineros que desembarcaron los saludaban con el saludo nazi, él hizo el saludo militar”, destacó el marino.

El Spee no estaba en condiciones de volver al combate. Sus 1600 tripulantes estaban condenados a una muerte segura si el barco enfrentaba nuevamente a los buques ingleses. El capitán debió tomar una difícil decisión: “Uno de los disparos del Ajax cayó donde estaba la máquina de purificación del aceite. Ese fue un problema. Teníamos aceite limpio para solo 8 horas. Y muy poca munición disponible, fue el motivo por el que no pudo hacer frente otra vez. El Altmark no transportaba munición, solo agua y aceite. La primera medida que tomó Langsdorff fue destruir todos los instrumentos y artefactos secretos que traíamos, a mazazos. Con las herramientas con los que trabajábamos. Tenía máquina “Enigma”, radar, había muchas cosas especiales. El funcionamiento de la torre que guiaba los tres cañones juntos. Además se sabía que si el barco no podía combatir se lo iba a hundir. Estaba el Tacoma en Montevideo, un buque mercante. Ahí estuvimos hasta que el barco reventó. Habían preparado todo. Un grupo voluntario había puesto explosivos... todo el mundo estaba en silencio. Solamente nosotros sabíamos, todos pensaban que cuando el Graf Spee levantara anclas empezaría la batalla nuevamente, solo nosotros sabíamos que no sucedería”.

En el atardecer del 17 de diciembre el Admiral Graf Spee levó anclas y lentamente se alejó del puerto de Montevideo. Una multitud se amontonó en la orilla para presenciar lo que esperaban sea un combate naval clásico. En Buenos Aires la expectativa era la misma, pero nada así sucedió. En medio del río el buque se detuvo. El capitán y sus oficiales, que habían comandado el buque hasta allí se retiraron del lugar en lanchas provenientes de Argentina y minutos después el Graf Spee explotó. 20000 personas presenciaron cómo el acero alemán voló por los aires mientras la superestructura del buque lentamente se perdía en las aguas turbias del río.  “Estaba en el Tacoma cuando explotó el Graf Spee, fue impresionante. Sabíamos que nos quedábamos en Argentina internados, ya estábamos informados. Era por tiempo indeterminado”.

Heinz Berger en Argentina, 2015.


Langsdorff negoció con las autoridades argentinas la internación de sus más de mil marinos. Primero en el hotel de inmigrantes en el puerto de Buenos Aires. Luego en colonias repartidas por todo el país. “Langsdorff nos reunió en el patio del hotel de inmigrantes y nos explicó qué pasaría con nosotros. Nos dijo que había conseguido nuestro asilo. Que estábamos a salvo. Que ya no podía hacer nada más por nosotros pero que estábamos a salvo. Esa misma noche se suicidó”. El comandante, cumpliendo el mito que reza que el capitán debe correr el mismo destino que su barco, se envolvió en una bandera alemana y se disparó en la cabeza.

Tras tres meses en el hotel de inmigrantes, Heinz fue trasladado a una colonia en la provincia de San Juan junto con 50 colegas. Alrededor de mil marinos, entrenados y recién salidos de la mayor guerra conocida eran una población a temer por cualquier país, Argentina prefirió separarlos en grupos reducidos. “Vivíamos en un campamento. Todos los días caminábamos varios kilómetros hasta un boliche donde escuchábamos la radio que por onda corta nos traía noticias de Alemania. Mi nombre es Heinz, pero en inglés lo más parecido es Henry, por lo que acá me pusieron Enrique. Inglaterra nos quería repatriar, o llevar como prisioneros de guerra. Algunos de mis compañeros se casaron para que no los repatriaran, pero los llevaron igual. Inglaterra decidía todo, los separaron igual. Yo conocí a una mujer, tenía trabajo, no quise volver a Alemania. No volví por amor, ya tenía otra vida aquí”, finalizó Heinz.
Su nueva vida en Argentina lo llevó a casarse, a tener una hija, a escaparse del campamento donde estaba con sus compañeros cuando llegó la orden de repatriación, a ser prófugo recorriendo otras provincias, trabajando escondido y perdiendo en este derrotero su uniforme y sus recuerdos del Graf Spee. A 75 años de su llegada a Argentina sigue reuniéndose con otros sobrevivientes  de la Batalla del Río de la Plata y con otros compatriotas que llegaron también en aquella época. Es posible cruzarlo en la estación de Castelar, en la ciudad donde viven su hija y nietos, aquí mismo festejó sus 95 años rodeados de afectos.

Entrevista: Gabriel E. Colonna y Leandro Fernandez Vivas
Redacción: Leandro Fernandez Vivas
Fotos: Gabriel E. Colonna, Eleonora Colonna, Libro Historia en imágenes del acorazado alemán Admiral Graf Spee.

http://www.castelar-digital.com.ar


Marcelo García -de Historias Lado B- juntoa Heinz Berger 
durante el homenaje al Capitán Hans Langsdorff en Buenos Aires, 21 de diciembre de 2014.



NOTAS RELACIONADAS:
http://historiasladob.blogspot.com.ar/2014/03/los-fantasmas-del-sepelio-del-capitan.html
http://historiasladob.blogspot.com.ar/2014/12/un-recordatorio-especial-75-anos-de-la.html

martes, 6 de mayo de 2014

El milagro de la estatua del General José de San Martín en Boulogne Sur-Mer

 Boulogne Sur-Mer bombardeada en 1944 y la estatua de San Martín "milagrosamente preservada.


A finales de 1944, las bombas de los aviones aliados no dejaban de caer sobre la costera ciudad de Boulogne Sur-Mer, en el norte de la Francia ocupada por los Nazis. La cercanía del famoso Paso de Calais -lugar más cercano entre los territorios de Francia y Gran Bretaña en el Canal de la Mancha- ubicaban a la ciudad en una ruta obligada y la convertían en blanco constante de los incesantes bombardeos aéreos dada la cercana ubicación de un apostadero de U-Boots alemanes. Así las cosas, Boulogne Sur-Mer llegó a soportar estóicamente 487 bombardeos que la dejaron prácticamente en ruinas. Barrios enteros desaparecieron y a lo largo de toda la zona costera no había quedado ladrillo sobre ladrillo.

Vista aérea del bombardeo del apostadero de submarinos en Boulogne Sur-Mer.


Cerca del apostadero naval de submarinos alemanes, a unos doscientos metros del lugar, se emplazaba -y sigue ubicada allí- una estatua ecuestre del General don José de San Martín; el militar argentino y libertador de América que tras un largo exilio pasó a la eternidad el 17 de Agosto de 1850, precisamente allí, en Boulogne Sur-Mer.

 Imágenes actuales de la estatua ecuestre de San Martín en Boulogne Sur-Mer.


Las bombas aliadas cayeron a un lado y al otro del monumento y, sin embargo, apenas unas pocas esquirlas lograrían impactar en su base casi sin dañarla. La magnífica estatua de San Martín, sobrevivió de un modo -que para los pobladores del lugar- resultaba sencillamente inexplicable. No habían pasado previamente los "Hombre Monumentos" norteamericanos por allí preservando obras dignas de toda admiración. Para muchos, tan sólo la providencia o la intervención de algo parecido a un verdadero milagro se había encargado de preservarla de la destrucción. Imágenes posteriores a los bombardeos dan cuenta de lo que muchos llegaron a pensar. No pocos fueron los que creyeron en "El milagro de la estauta del General José de San Martín". Desde entonces, así se lo conoce.


Marcelo García
Historias Lado B


Referencias y bibliografía:
- Sorcaburu, Aníbal E, – El milagro de la estatua de San Martín – Rev. Del Inst. Nac. Sanmartiniano – N.º 17, Sept-Oct. 1947
- Rogelio Alaniz. San Martín en Boulogne Sur Mer en http://www.rogelioalaniz.com.ar/?p=1096

lunes, 24 de junio de 2013

La foto mentirosa: los norteamericanos y la toma de Iwo Jima

Otra mentira norteamericana: soldados actúan la toma de Iwo Jima como si nada...


La fotografía ha dado la vuelta al mundo y se ha convertido en uno de los íconos indiscutidos de la victoria norteamericana tras la sangrienta Segunda Guerra Mundial. El día 23 de febrero de 1945 el fotógrafo Joe Rosenthal inmortalizó el instante con su cámara fotográfica. Cinco marines de los Estados Unidos y un médico de la Armada colocaban, no sin poco esfuerzo de su parte, una enorme bandera norteamericana en la cumbre del Monte Suribachi, en Iwo Jima, tras una de las más cruentas batallas de la Guerra del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial.
La imagen, de una fuerza inusitada y un clima excepcional, fue conocida con el nombre de "Rising the flag on Iwo Jima" (Levantando la bandera en Iwo Jima) y le ha valido a su autor el Premio Pulitzer en 1945. Esa foto siempre ha sido considerada como una de las instantáneas más importantes de la guerra y es, tal vez, una de las más reproducidas de todos los tiempos. Inclusive, la abusiva utilización de la foto por parte del gobierno norteamericano de aquel entonces (y otros posteriores) y los "frutos" comerciales que de eso han derivado, ha causado más de un revuelo y alguna polémica (también generada por los propios soldados retratados en la foto).
Es una imagen genial, sólo que... es falsa.

La verdadera toma de Iwo Jima. Una imagen mucho menos impactante que la mundialmente difundida...


El problema es que cuando Joe Rosenthal tomó la foto "real", el resultado final no fue lo suficientemente impactante. La composición de la foto, la postura de los soldados y una bandera sustancialmente más pequeña que la de la foto que finalmente pasó a la posteridad no causaban la impresión deseada, de modo que una vez que la lucha culminó y los norteamericanos libertarios ya tenían bajo su control a la isla en el Pacífico, se tomó la determinación de "recrear" la heróica escena. Sin vueltas.
Franklin Sousley, Harlon Block, Michael Strank (los tres caídos en combate al continuar la guerra), John Bradley, Rene Cagnon e Ira Hayes quedaron inmortalizados en una fotografía asombrosa y conmovedora, pero actuando la situación, materializando una farsa más, digna de la historia de los Estados Unidos. No sería ni la primera ni la última vez que los norteamericanos "modificaban" la realidad de acuerdo a sus necesidades y a su conveniencia...


FOTOGRAFIAS: 
- Joe Rosenthal

sábado, 22 de junio de 2013

Othon Corrêa Netto: heróico piloto brasileño en la Segunda Guerra Mundial

Othon Corrêa Netto, pilto brasileño en la Segunda Guerra Mundial.


Tarde soleada en el aeródromo militar de San Giusto, Pisa, Italia. El sonriente piloto con su pulcro uniforme verde oliva y un impresionante palmarés destacado en el lateral de su Republic P-47D-25-RE Thunderbolt es Othon Corrêa Netto, uno de los 48 pilotos de combate brasileños que cumplían servicio en el "1° Grupo de Aviação de Caça" y que desde finales de Octubre de 1944 hasta principios de Marzo de 1945 hizo su trabajo como parte de las fuerzas aliadas que dieron lucha en la campaña de Italia, durante las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial.

La sonrisa y la estampa cuasi legendaria de Othon Corrêa Netto antes de cumplir con la 58ª misión de su dilatada trayectoria como aviador de guerra, desaparecerían al promediar aquella jornada del 26 de Marzo de 1945 cuando su avión fue derribado por las baterías antiaéreas alemanas en las cercanías del puente de Casarsa, al oeste de Udine, en Italia. Othon Corrêa Netto fue capturado vivo, sano y salvo, por los nazis y recluído en un centro de detención. Otros tres compañeros suyos en la Fuerza Aérea Brasileña también habían sido derribados por los alemanes pero lograron escapar antes de ser capturados. Othon logró regresar finalmente a su escuadrón siete días después del final de la guerra y tras sus heróicas acciones en combate fue condecorado con sendas medallas de honor por la Fuerza Aérea de Estados Unidos y la de Gran Bretaña.
Othon Corrêa Netto vivió para contarlo y se retiró años después de la Fuerza Aérea de su país con el grado de Brigadier General. Ha sido toda una leyenda en el mundo de la aviación militar y falleció el 7 de Abril de 2008 a la edad de 87 años. Su estampa romántica, signo de aquellos tiempos de la aviación, y su sonrisa entradora quedaron grabadas también como parte de la triste historia de horror y muerte de los oscuros días de la Segunda Guerra Mundial.


martes, 31 de enero de 2012

Veneno en el suero del general George Patton

General George Patton.

Para la historia, el General George Patton, ha quedado registrado como uno de los más bravos y arrojados miltares norteamericanos. Nadie duda a esta altura de las circunstancias de la valentía y el coraje de ese militar que tuvo a su cargo importantes misiones durante uno de los conflictos bélicos más dramáticos de la humanidad. Patton era bravo, un hueso duro de roer, pero esa bravura también lo enfrentó incluso con los mismos altos mandos norteamericanos. Patton era indoblegable, dogmático, ininmutable a la hora de dar el brazo a torcer o aceptar directivas de sus superiores que él consideraba verdaderas barbaridades.
Tras haber sido "confinado" a manejar diferentes divisiones del ejército norteamericano entre 1941 y 1945, a Patton no tenían como sacárselo de encima, tras sus constantes enfrentamientos con superiores y arengas consideradas "inadecuadas" (por la superioridad) a sus tropas.

Patton era un grano molesto para el sistema establecido entre la superioridad militar (y política) norteamericana y el motivo era muy sencillo: él creía firmemente que muchos superiores y muchos políticos de Estados Unidos eran muy parecidos en muchos aspectos a los nazis. Y se encargaba de hacércelos saber... a cada instante.
Así, llegó el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa y Patton creyó que tras sus actos de valentía durante la contienda, debería ser merecedor de un alto cargo, bien activo, en el conflicto que aún continuaba en la zona del Océano Pacífico contra los japoneses. El mando del III cuerpo del Ejército norteamericano que ostentaba desde Julio del '44 ya no era para él. A partir de la caída de Berlín, Patton recibió como "premio" estar destinado al comando del XV Ejército (una unidad meramente administrativa y no operativa en el campo de batalla) y ser nombrado Gobernador de Baviera. Sabor a poco para un militar con sed de sangre y al que le gustaba arengar a sus subordinados infundiéndoles el miedo y el terror ante él. Sabor a nada, en realidad.

Mientras tanto, un hecho marcaría el destino final de Patton como pocos: Patton nunca comprendió el motivo por el cual al caer Berlín ante los aliados, los Estados Unidos (e Inglaterra) "no saldrían en la foto" de la toma final de la capital del Tercer Reich. En medio de trasgreciones, insubordinaciones constantes y planteos incómodos a sus superiores, Patton sostenía un par de cosas: en primer lugar que los comunistas (aparentes aliados en la guerra) eran el gran enemigo real, en ese momento y en el futuro. Y en segundo lugar, sospechaba (no sin fundamentos y algunas pruebas) que los norteamericanos (fundamentalmente encabezados no sólo por su presidente, sino también por el General Dwight Eisenhower) habían orquestado un plan en las sombras tendiente a "salvar" a muchos jerarcas nazis y brindarles protección eterna a cambio de parte de los tesoros del Reich, materia gris de exportación (científicos y "especialistas" nazis llegados luego a los Estados Unidos) y secretos bélicos de gran magnitud (¿la bomba atómica?). Además de quedarse (los norteamericanos) con un suculento pedazo de los tesoros nazis como pago... Todo eso sabía Patton. Y todo eso sabían los norteamericanos que Patton sabía.
Para colmo, seguía preguntándose ¿por qué dejaron entrar a los rusos a Berlín y no lo hicimos nosotros? (es que en Berlín no estaba Hitler...y de ese modo los "responsables" de "dejarlo escapar" eran los rusos...así quedaría plasmado en la historia). Patton también descubrió ese plan.

Accidente automovilístico de Patton.

Algo había que hacer con Patton. Y algo se hizo en Diciembre de 1945. Patton circulaba plácidamente con su auto (un Cadillac Model 75 de 1938) por caminos alemanes cuando repentinamente tras una curva se encontró con un camión (¿del ejército norteamericano?) atravesado en la ruta. El accidente fue inevitable y terrible, pero algo "salió mal": Patton no murió en el accidente y tras poder bajar de su auto gravemente herido, recibió lo que intentaba ser "un tiro de gracia" de parte de un francotirador pertrechado en las cercanías. El tiro dio cerca del cuello e, increíblemente, Patton tampoco murió. Tras ser trasladado a un hospital, curiosamente, la custodia que tenía en la puerta de su habitación dejó el puesto, liberando la zona, cosa que fue aprovechada por alguien que inyectó un veneno mortal en el suero. Patton había pasado a mejor vida y la causa de su deceso se estableció bajo la carátula de "muerte natural por accidente". Fue un 21 de Diciembre de 1945.
Luego, las exequias con todos los honores, como corresponde, en el cementerio militar estadounidense de Hamm en Luxemburgo. La bandera con las barras y las estrellas cubrió su ataúd hasta el final. Estados Unidos enterraba al general que no había entrado en su juego.

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